Día en Hiroshima y noche en Miyajima: entre la historia y la calma
Hoy es un día agridulce en nuestro viaje, porque pisamos Hiroshima, una ciudad marcada para siempre en la historia.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el cielo se iluminó con el primer bombardeo atómico de la historia. En apenas segundos, la ciudad quedó reducida a cenizas y más de 140.000 personas perdieron la vida entre ese día y los meses posteriores. Hoy, Hiroshima es un símbolo mundial de paz, reconstrucción y esperanza.
Visitamos el Genbaku Dome, el edificio que milagrosamente quedó en pie tras la explosión. Es imposible no estremecerse. Mientras observábamos los restos, me impactó ver a gente haciéndose selfies sonrientes con aquel esqueleto de hormigón detrás. Me cuesta entender qué lleva a alguien a posar feliz frente a una tragedia. Me recordó a esos “influ-mierders” que hacen fotos de diseño en Auschwitz, olvidando el sufrimiento que representa el lugar. Hay momentos en los que cuesta creer lo poco que reflexionamos como sociedad.
Decidimos no entrar al museo ese día; se nos quedó mal cuerpo. Lo dejaremos para otra ocasión (vengo del futuro y te puedo decir que en noviembre de 2025 volvimos).
Tras esa visita, pusimos rumbo a Miyajima, donde decidimos pasar la noche. Para mí, fue la mejor elección: quedarse a dormir allí cambia por completo la experiencia.
Desde el ferry —unos 20 minutos de travesía— pudimos ver el torii flotante del santuario Itsukushima, emergiendo sobre el agua con el atardecer detrás. Subid a la parte superior del ferry: el viento, el olor a mar y la calma del momento crean una magia difícil de describir.
Al llegar a la isla se nota la prisa de quienes vuelven: la mayoría de visitantes regresan a Hiroshima al atardecer, aunque los ferris funcionan hasta tarde (el último de JR sale de Miyajima sobre las 22:15; consultad el horario oficial). En cuanto cae la tarde, las calles se vacían y Miyajima se transforma.
Caminar casi solos por sus calles, escuchar solo el sonido del agua y poder fotografiar el torii iluminado sin gente… fue un lujo.
Esa noche dormimos en un ryokan con media pensión, una experiencia que recomiendo vivir al menos una vez. Después del onsen (ojo, tatuajes prohibidos), nos esperaba la cena. Meses antes había avisado de que no comemos marisco, pero parece que se olvidaron. Sospecho que a mi marido le prepararon algo improvisado con pollo frito.
Yo, envalentonada, decidí probar casi todo: ostras calientes con mantequilla (odio las ostras, pero había que intentarlo), calamar crudo, sashimi con el mejor atún rojo que he comido en mi vida y unos pececillos fritos sobre arroz (spoiler: también fueron mi desayuno). La experiencia fue intensa, muy japonesa, muy de puerto… no apta para todos los estómagos, pero inolvidable.
A la mañana siguiente nos esperaba la montaña. Tomamos el sendero entre árboles hasta llegar al teleférico que sube al Monte Misen, el punto más alto de la isla. En el camino nos acompañaron algunos ciervos, aunque cuidado: no son tan tranquilos como los de Nara.
Arriba compramos los billetes para el mirador, con vistas impresionantes de toda la bahía.
Por cierto, no hace falta cargar con comida ni bebida: ¡hasta en la cima hay máquinas expendedoras!
Después de disfrutar de las vistas, volvimos en ferry hacia Hiroshima y de allí tomamos rumbo a Osaka.
En el siguiente capítulo… ¡Universal Studios! Mi paraíso de Harry Potter, y una anécdota curiosa: nos encontramos medio centenar de lecheras policiales en pleno Dotonbori. Pero eso te lo cuento en la próxima entrada.
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